El hombre siniestro
El hombre siniestro —No. ¿Querrá usted creer que no he tenido tiempo? No sé si usted le conoce bien. Es un hombre rudo, inhumano. Mi tÃo ha estado treinta años y pico en esa empresa, y el mayor Amery no se muestra emocionado siquiera. Esta mañana ya habÃa un nuevo administrador. ¡Amery es un bárbaro! Me ha dado un dÃa terrible. Luego, cuando me marchaba, me ha dicho: «Le doy a usted media hora para almorzar. Tengo mucho trabajo». Yo casi hubiera preferido no salir de la oficina porque los fotógrafos me esperaban en la puerta.
—Mire, Elsa, mi consejo es que se marche usted de aquella casa cuanto antes —dijo el doctor—, ¿Sospecha Amery que usted va a marcharse?
—¡En absoluto! El cree que estoy encantada. Es más, me mira como si fuera un mueble. Pero, bueno, no hablemos más de él. ¡Quiero olvidar a ese hombre siniestro! ¿Para qué querÃa usted verme, Hallam? Espero que será para algo agradable, ¿eh?
—Se lo diré después de cenar —respondió el doctor, riendo.
Cuando el camarero hubo servido el café y se retiró, Hallam dijo a Elsa:
—¿Ha oÃdo usted hablar alguna vez de la Stanford Corporation, Elsa?
—Sà —contestó la muchacha abriendo mucho los ojos—. El mayor Amery me preguntó un dÃa si yo estaba empleada en esa empresa.