El hombre siniestro

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El banquero, que parecía muy afectado por la noticia de la muerte de Tarn, añadió pensativo:

—Sí, ahora quiero recordar que vi algo en los periódicos, desde luego. Pero no sabía que se referían al pobre Tarn. ¡Es espantoso!

El hombre de negocios reapareció en él, y añadió en tono práctico:

—En cuanto a su préstamo, querido Hallam, puede usted cobrarlo, desde luego, sin necesidad de nombrarme a mí para nada. No me dé usted las gracias. Yo he hecho la salvedad que me impone mi cargo, y le pongo el visto bueno a la operación. Y ahora, dígame: ¿las diligencias del suceso ese son…?

—Hoy —interrumpió el doctor—. Hoy mismo. Yo voy ahora para allá.

Tupperwill reflexionó un instante, y dijo:

—¿Le molestaría a usted que le acompañara al Juzgado? Los Tribunales me deprimen, desde luego, pero tengo mis razones para…

Hallam se preguntó qué interés podía mover a su amigo, pero agradecido por el servicio que le prestaba, accedió a que le acompañase. Cuando llegaron al Tribunal, llamaban al doctor para que declarase.


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