El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Oh, sÃ, oh, sÃ, por Dios! —exclamó el banquero con viveza—. ¡Qué cabeza la mÃa! Haga el favor de hacer constar también en mi declaración que, después de cenar, mi criado me ha traÃdo una carta que, según me ha dicho, acababa de encontrar en el buzón. He abierto el sobre y he encontrado dentro solamente estas cuatro palabras, escuetas: «Usted suele hablar demasiado». Nada más que eso. Puede verse la carta. Naturalmente, no lo he entendido. Yo soy un hombre, por temperamento y por educación, muy reservado, y no puedo adivinar el sentido de ese anónimo en modo alguno. Y ahora, mayor Amery, ¿quiere preguntarme algo más?
—¡Oh, verá! Cuando le hemos encontrado a usted, el coche habÃa desaparecido, ¿no es asÃ?
—Desde luego. Y mis agresores también. ¿Usted no ha visto a nadie?
—¡Bueno, yo he visto gente que huÃa! Quiero decir, un coche que huÃa a toda velocidad. ¿Lo ha hecho constar usted, miss Marlowe?
Elsa asintió.
—Bien, en mi despacho encontrará usted una máquina de escribir. Diga a mistress Elsa que la acompañe. Quiero que la declaración esté escrita a máquina y firmada.
Elsa y miss Dame salieron de la habitación, y al verse solas en el despacho, adonde las habÃa conducido el ama de llaves. Jessie preguntó, con voz aterrada: