El hombre siniestro
El hombre siniestro A la mañana siguiente, cuando se acababa de vestir para ir a aquella odiosa oficina de Amery, Elsa había tomado ya una decisión: se marcharía de allí sin duda alguna. El mayor le parecía ahora un monstruo, y ella no podía prestarse a ser cómplice, silenciando un crimen que ya conocía y sospechando de otros muchos.
Cuando se dirigía hacia la oficina, poco después, al pasar por Fleet Street se le ocurrió entrar en la redacción de uno de los principales periódicos y fue a la biblioteca. Allí pidió una colección del periódico y buscó, y encontró pronto, la famosa noticia que ella misma le había leído a mister Tarn y que había sumido al viejo en un estado de gran agitación. Ahora comprendía el motivo.
Un empleado se le acercó, ofreciéndole ayuda, por si buscaba algo que no encontraba, y aunque al principio pensó rechazar la amable oferta, acabó por decir:
—¡Sí, muchas gracias! Mire, buscaba el suceso aquel del asalto al tren por los ladrones chinos…
—¡Ah, sí, del Expreso Azul! Ya recuerdo. Pero no está en estos dossiers. Eso es más antiguo. Venga conmigo.
—¿Usted recuerda el suceso? —preguntó la muchacha, siguiendo al joven reportero.
