El hombre siniestro

El hombre siniestro

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—Sí, señorita, sí. El asalto al famoso Expreso Azul, cometido por los atracadores chinos para secuestrar a varios viajeros. Es que viajaban en él dos o tres grandes comerciantes de opio. ¡Mire, aquí está!

Elsa lo leyó a grandes rasgos, y luego, dando las gracias, salió de la redacción del periódico.

Le extrañó encontrar a Amery con aspecto normal y tranquilo, como de costumbre. Nadie habría dicho que detrás del rostro impasible de aquel hombre se ocultaba un alma siniestra.

—Le agradezco a usted mucho que viniera anoche, miss Marlowe —le dijo, con una leve sonrisa en los labios—. Me alegro de poder decirle que mister Tupperwill ha pasado muy bien la noche, y que dice el doctor que dentro de un par de días estará bien del todo y podrá hacer vida normal. Bueno, ¿la pudo tranquilizar anoche el doctor Hallam, miss Marlowe?

—Se preocupa usted demasiado por mi vida privada, mayor Amery —repuso la muchacha con aspereza—. Yo no le pedí al doctor Hallam que viniera a tranquilizarme.

—¡Ah! Fue usted misma la que le llamó, ¿verdad? Ya me lo imaginaba. ¿Qué es lo que la impresionó? Lo de Tupperwill ¿no es cierto? ¡Bueno, ya veo que le molesta hablar del asunto! ¡Vamos con el correo!


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