El hombre siniestro
El hombre siniestro El hombre seguía pensando en ello, porque al cabo de media hora de dictar cartas, le preguntó, de pronto:
—¿No se le olvidó a usted decirle nada al doctor de lo ocurrido anoche, miss Marlowe?
La muchacha contestó sin vacilar:
—Sí, se me olvidó decirle que había encontrado en un armario de su despacho una especie de porra manchada de sangre.
Se arrepintió de haber pronunciado estas palabras, pero ya era tarde. El rostro del mayor Amery permaneció impasible.
—Me extrañó que hubiera usted encontrado papel… pero pensé que había alguno en el cajoncito de la máquina de escribir. Supongo que habrá formado muy mal concepto de mí, ¿verdad, miss Marlowe?
—Muy malo, sí. Me parece usted odioso. ¿Puedo marcharme ya?
—¡Ah!, ¿me cree usted una persona horrible? Y habrá tanta gente que piense como usted… En cuanto a Tupperwill, podría haber sido un poco más discreto.
—¡Ah! —dijo ella casi sin voz—; entonces, ¿usted reconoce que es verdad?
Él asintió, diciendo:
—Eso le servirá de escarmiento.