El hombre siniestro

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—¿Está usted segura? —preguntó.

Pero en ese momento sonó un timbre, y Elsa salió precipitadamente, tras coger el bloc y el lápiz, en dirección al despacho del director.

Era una hermosa pieza, decorada con un lujo severo. Sobre la chimenea había un viejo reloj, que marcaba solemnemente el paso del tiempo. En las ventanas había cortinas, oscuras como el resto del mobiliario. Y la única nota alegre de aquel despacho era el cuero rojo de los asientos de sillones y sillas.

El director estaba leyendo una carta con gran atención y no se dio cuenta de la llegada de la muchacha. Hasta al cabo de un minuto, Paul Amery no levantó la cabeza.

Elsa volvió a ver aquel rostro eternamente triste, como crispado, con una mueca en la boca, amarga y desdeñosa, que resultaba casi insultante.

Elsa había observado que su jefe siempre parecía estar sumido en sueños lejanos… en pensamientos que no debían de ser muy alegres, porque su rostro tenía siempre una expresión amarga, como dolorosa. Sonrió levemente, pero en seguida recobró su inmovilidad de esfinge.


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