El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿Estamos? —dijo brevemente, con voz ruda y seca. No era feo, pero a Elsa le causaba una sensación inquietante. El sol de la India habÃa curtido su piel dándole un color terroso, y el Trópico parecÃa haberle comunicado el alma y el carácter de las fieras mismas de la jungla. Cuando se movÃa lo hacÃa sin ruido, como los felinos.
—¿Estamos? —repitió.
Nunca levantaba la voz ni se mostraba impaciente o nervioso, pero para Elsa todas sus palabras le resultaban desagradables, y aquel «¿Estamos?» le parecÃa un latigazo en pleno rostro.
—Me ha llamado usted, queriendo sin duda ver las notas de la carga para… Chi Fun y Lee, ¿verdad, mister Amery? —preguntó la muchacha.
Él alargó la mano derecha y sin decir palabra cogió los papeles que la muchacha traÃa en la mano y los puso sobre la mesa, tras un rápido examen. Después, de pronto, le hizo esta pregunta:
—¿Por qué tiene usted miedo de mÃ, miss Marlowe?
La pregunta fue tan inesperada, que la muchacha quedó aturdida un instante; luego, mirándole fijamente, respondió:
—¿Yo…? ¿Miedo de usted? ¡Yo no tengo miedo de usted, ni de nadie, mister Amery!