El hombre siniestro
El hombre siniestro Y pronunció las últimas palabras en cierto tono de desafÃo.
—Además —añadió al cabo de un instante—, yo creo mantener con usted la normal actitud de una secretaria con su jefe, ¿no? Usted me inspira el natural respeto, y…
Amery no contestó, atento ahora a los ruidos y al movimiento de la calle. Al cabo de un rato, y después de contemplarla unos instantes dijo:
—Mide usted un metro sesenta, tiene el dedo meñique de la mano izquierda un poco torcido, quizá por algún accidente de la niñez; y, además, por el tono algo elevado que usted habla siempre, adivino que vive con un sordo. Naturalmente, debe ser su tÃo mister Maurice Tarn. He podido observar que su tÃo es sordo, ¿verdad?
Elsa lanzó un suspiro de fastidio y murmuró:
—Bien, ¿se queda usted con las notas? ¿Puedo marcharme?
—¡No, no se marche usted! La necesito. Tenga esta carta para Fing Li T’sin, 796 Bubbling Well Road. Shanghai. DÃgale usted que… «Tang chiang chin ping ch’ang…». ¡Oh, perdón! Usted, claro, no entiende el chino ¿verdad?
Hablaba completamente en serio, como para evitar que su secretaria pensase que se burlaba de ella.