El hombre siniestro

El hombre siniestro

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26. Curiosidad femenina

Elsa le oyó marcharse tarareando un aire de ópera.

Después del piscolabis de las cuatro, la muchacha estuvo muy ocupada, pero «el hombre siniestro» no la llamó.

Miss Marlowe se dirigió al despacho que había sido de su tío a recoger unos papeles. Sintió cierta pena al pensar en el muerto, pero al entrar, después de llamar suavemente con los nudillos y oír la voz de Feng Ho que le daba permiso para pasar, le pareció que entraba en un lugar desconocido: los muebles, las paredes, hasta la alfombra, todo estaba cambiado y era nuevo.

El chino estaba sentado en cuclillas ante una mesita que apenas se alzaba un palmo del suelo; se había despojado de su atuendo europeo y llevaba puesta una especie de túnica negra de seda.

—Buenas tardes, miss Marlowe —saludó, con su fácil sonrisa de oriental—. «Pi» la habrá molestado a usted mucho, ¿no es así?

El canario empezó a cantar con fuerza.

Cuando calló, la muchacha soltó sin rodeos:

—Oiga. Feng Ho, fue usted el que mató a mister Tarn, ¿verdad?

El chino no se inmutó lo más mínimo y respondió:


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