El hombre siniestro
El hombre siniestro Ralph Hallam se asomó por sexta vez a la ventana y, no viendo ningún coche tampoco esta vez, volvió a su sillón frente al fuego.
—Hace muchos años que no me esperabas a mí con esta impaciencia, Ralph —dijo su mujer sin pizca de resentimiento.
—Yo siempre te he esperado —replicó él en tono ambiguo.
—Bueno, dime, ¿qué clase de hombre es el invitado?
—De lo mejor de Londres —respondió el doctor—. Has de tener mucho cuidado con lo que dices, porque tú a veces tienes cada salida… Es mi banquero, ¿sabes? Un hombre de la City, con eso está dicho todo.
—¿Un personaje?
—Un personaje. Trene.
Ella lanzó un suspiro de hastío y comentó:
—¡No te gusta tratarte más que con personajes. Ralph! ¿Cuándo me traerás a gente como yo, sencilla, con la que pueda estar con naturalidad? A mí me gusta hacer comidas que empiezan con cócteles y acaban con…
Él la hizo callar con un gesto de disgusto. Pero ella insistió.
—Comprendo que soy vulgar, pero ¿qué quieres? Me gusta la gente de la calle, la gente corriente. ¡Calla! ¡Llaman! ¡Debe de ser ella!
Era Elsa, en efecto.
