El hombre siniestro
El hombre siniestro —En efecto. Bien, escuche, amigo Hallam. Ésta será la primera y última vez que voy a hablar de los negocios de mi banco, aunque sea con mi mejor amigo. Sin aceptar del todo su teorÃa de que el mayor Amery haya tenido que ver con mi aventura de la otra noche, la verdad es que me alegro mucho de que haya retirado su cuenta. Y lo ha hecho sin darnos explicación alguna. Usted no sabe los dÃas que yo he pasado, pensando que en mi banco habÃa una cuenta de un hombre que, aunque con aspecto de persona decente y honrada, pudiera ser (¡fÃjese que le digo «pudiera ser»!) no lo fuera, perteneciendo, directa o indirectamente, a una empresa a la que mis socios no mirarÃan con buenos ojos. Y conste que en adelante me propongo ser menos hablador.
Dicho esto, el banquero, con aquellos gestos solemnes que le caracterizaban, hizo un movimiento con la mano derecha como para alejar para siempre el tema… y en ese instante se abrió la puerta y apareció Trene. Por su aspecto, el doctor comprendió que algo grave ocurrÃa.
—Ralph —dijo la mujer brevemente—, hay un señor que quiere verte. Dice que tiene que hablarte a solas.
—¿Ha dado su nombre?
—SÃ, dice que se llama Bickerson.
Los dos hombres intercambiaron una mirada significativa, y el banquero dijo: