El hombre siniestro
El hombre siniestro Ralph cogió el frasquito y lo examinó son riendo ligeramente. Luego dijo:
—¡Cierto! Es rigurosamente cierto. Yo mismo compré este frasquito de láudano en casa de Keppell, el droguero, y para mister Tara. Yo le habÃa recetado el láudano porque sufrÃa de insomnio. Seguramente fue a parar al jardÃn con la basura. ¿O es que ahora la policÃa cree que mister Tara murió envenenado con opio? Yo, en cambio, recuerdo un puñal con el mango negro.
—Bien, sÃ. Pero dÃgame esto: ¿usted piensa que mister Tara echó él mismo el láudano en el coñac?
—Yo no pienso nada. Lo único que hago es desestimar la idea de que yo intervine en el asesinato. Y déjeme que le diga que me ha extrañado que en el Tribunal, cuando usted declaró, no hiciera alusión alguna a la conversación que sostuvo con mister Tara la noche de autos.
El detective se sonrojó ligeramente y repuso:
—No habÃa necesidad de ello. La conversación se sostuvo delante de usted, y se hizo en ella, como usted sabe, alusión a una tercera persona. Hubo muchas cosas que se callaron en la vista, mister Hallam; por ejemplo, yo juzgué oportuno no hacer constar que, dos horas antes de la muerte de Tarn, usted habÃa estado en la casa…
—Con miss Marlowe —interrumpió al instante Hallam.
