El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Éste levantó la cabeza al instante. Una vez que ella se hubo sentado, lápiz y block en la mano, Amery le dijo:

—Creo que estará usted mejor en casa de mistress Hallam. Es una cleptomaníaca, pero no creo que le robe a usted nada.

—¡Mister Amery! —exclamó la muchacha con gran asombro.

—No se alarme. Yo no digo nada malo de ella, pero…

—¡Oh, mayor Amery piense usted que mister Hallam es uno de mis mejores amigos…!

—Sí, ¿verdad? Bien, no le dé usted importancia a mis palabras. Oiga, quiero pedirle un favor. Espere.

Escribió una línea en un papel, firmó, lo dobló y luego puso un sobre, metió el papel y cerró la carta. Luego escribió una dirección en el sobre y se lo dio a la muchacha, que, con gran sorpresa, leyó estas palabras.

«Señor Doctor Ralph Hallam (Particular)».

—Guarde usted esta carta y llévela encima siempre, día y noche —añadió luego Amery—. El doctor Hallam puede no ser tan malo como yo me figuro, pero… de todos modos, usted lleve encima siempre esa carta.

—Pero ¿por qué, mister Amery? —preguntó la muchacha, un tanto turbada.


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