El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Ya salía del hotel cuando recordó que hasta unas horas antes había tenido intención de permanecer en casa de Louise poco tiempo. Ahora había cambiado de opinión. ¿Quién había operado el milagro? Elsa sonrió al decirse que habían sido las palabras del mayor Amery, que le había recomendado que siguiera en casa de mistress Hallam. ¡Tenía que resignarse a aceptar la tiránica voluntad de aquel hombre!

Louise estuvo presente mientras montaban la radio en la alcoba de la muchacha, y se alegró de saber que iba a permanecer allí más tiempo.

—Usted me dijo que me quedara un mes, y he pensado abusar de su bondad.

—Nada de abusar, querida mía —repuso mistress Hallam sin mucho entusiasmo—. Yo estoy encantada de tenerla a usted aquí. Ya sabe que la queremos de veras. Puede quedarse todo el tiempo que usted quiera.

En el fondo, a Louise le desagradaba tener a alguien en su casa, porque era una mujer muy egoísta, y, además, en el caso de Elsa, la muchacha no le acababa de ser simpática, porque adivinaba que Ralph la quería.

—Supongo pasará usted ratos muy agradables escuchando este chisme, ¿no? —preguntó luego, señalando al aparato de radio—. A mí, la verdad, todas estas cosas eléctricas me fastidian. ¿Qué programas prefiere?

—Opera, sobre todo —respondió Elsa.


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