El hombre siniestro

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3. La verdad de Amery

¿Qué le había querido decir su jefe? ¿Acaso ella estaba trabajando, sin saberlo, para otra empresa? De no estar tan tensa con su «tío», Elsa se lo habría preguntado.

De pronto, y cuando ya estaba escribiendo la carta a máquina, apareció Maurice Tarn. El viejo se detuvo un instante en el centro de la habitación y luego se acercó la mecanógrafa.

Tarn era un hombre muy alto que, para ser administrador de una empresa tan importante tenía un aspecto sucio y desaliñado.

—¿Dónde está Amery? —preguntó.

—En su despacho.

—¿Y no ha dicho nada?

—¿De qué?

Él hizo un gesto evasivo, preguntando en otro tono:

—¿Ha decidido usted algo sobre lo que le he dicho esta mañana?

—¡No hablemos de ello, mister Tarn! —respondió la muchacha con tono de fastidio.

—¡Ya! —dijo él entonces, con un deje de amargura en la voz—. Me encuentra usted demasiado viejo, ¿no? Yo necesito compañía, necesito tener una mujer a mi lado…, alguien con quien hablar… Yo sería muy bueno con usted… Haríamos un arreglo, un documento…, ¿comprende?


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