El hombre siniestro

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Pero ella hizo un nuevo gesto de impaciencia y contestó:

—¿No se canse usted, mister Tarn? ¡Déjeme en paz!

Hubo un silencio, y luego la muchacha, viendo que su «tío» miraba con obstinación a la puerta del director, preguntó en tono de curiosidad:

—¿Pasa algo?

—¡Ya veremos! —respondió el viejo, que parecía muy irritado—. ¡Voy a entrar a hablarle!

Elsa le miró. Le parecía un hombre nuevo, distinto del tirano y borrachín que veía siempre en casa.

—No sé qué hacer. Debería marcharme.

Pero en ese momento se abrió la puerta del fondo y apareció el mayor Amery.

—¡Ah, a propósito, mayor Amery! —dijo Tarn—. ¡Quería hablar con usted!

Ambos entraron en el despacho de Amery, quien se quedó de pie junto a la mesa.

—Usted dirá, amigo Tarn.

—Bien, verá usted —murmuró el viejo, con voz insegura—. Quisiera darle a usted una satisfacción por lo ocurrido ayer entre nosotros. Perdí la serenidad, lo comprendo; pero hágase usted cargo, que un hombre que lleva tantos años como yo en la empresa, y al que su tío respetaba y quería tanto…


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