El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Hágale pasar!
El agente salió un momento, regresando en seguida precediendo a tres hombres; uno de ellos era un inspector de Scotland Yard; el segundo, un hombre alto y delgado, era a todas luces el detective yanqui; y el tercero, un individuo grueso, con aspecto de burgués pacÃfico, que en nada recordaba a un delincuente. Éste era griego, pero hablaba bien el inglés.

Bickerson le ofreció asiento y el otro se sentó, tras saludar brevemente. En seguida empezó a hablar, sin esperar siquiera a que le preguntaran:
—SÃ, señores, yo soy Moropoulos, griego de nacionalidad. Usted es sir James, ¿verdad? Mucho gusto. Pues bien: voy a decirles lo que sé. He venido a Europa porque el jefe de policÃa de Cleveland me dijo que yo podrÃa serles muy útil a ustedes en el asunto de las drogas. Les advierto que no diré nada de los que están vivos; en cuanto al muerto… diré lo que me parezca correcto y noble decir, y nada más. Y ahora, pregúntenme.
—Al decir «el muerto» se refiere usted a mister Tarn, ¿no es eso?