El hombre siniestro

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Y. sin esperar a que la muchacha diera su aprobación, el banquero corrió las cortinillas para que no pudieran verles la gente que pasaba por la calle. Luego explicó:

—Por razones que ya sabrá, no conviene que nos vean juntos ahora. Ya le explicaré. Usted conoce a miss Dame, por supuesto.

—¡Figúrese!

—Bien. ¿Y está usted enterada de que esa muchacha es inmensamente rica?

—De eso no, mister Tupperwill. Yo tengo entendido que su padre goza de buena posición…

—¡Ah! —exclamó el banquero mirando fijamente a la muchacha.

Y como ésta se dio cuenta de que pasaba el tiempo, preguntó:

Mister Tupperwill, ¿dónde vamos? Tengo que regresar en seguida al despacho.

—No se preocupe. Volverá usted en seguida, antes de que el mayor Amery regrese.

—¡No, el mayor entraba cuando yo salía! —dijo Elsa—. Y. naturalmente, le he dicho que venía a verle a usted.

—¡Ah, ya! Él entraba y usted le ha dicho que venía a verme. ¡Muy bien, muy bien!


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