El hombre siniestro

El hombre siniestro

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La dejó, en efecto, cerca de su despacho, y Elsa entró sin explicarse lo que acababa de ocurrirle.

El mayor Amery estaba ante su máquina, escribiendo con un solo dedo.

—¿Dónde está la h? —preguntó a la muchacha.

Elsa le señaló la tecla, y Amery continuó:

—Una excursión deliciosa, ¿no? Mister Tupperwill ha comprado otro coche y ha querido probarlo.

—¿Cómo sabe usted que hemos ido en su coche?

—Feng Ho les ha visto. ¿No se ha fijado usted en el nuevo chófer del banquero?

—¿En el nuevo chófer? Le he visto de espaldas.

—No le ha visto la cara, ¿verdad?

—No, ¿por qué? ¿Por qué se ríe usted?

—¡Oh, por nada! Es que el rostro, y, sobre todo, el cuello de un asesino son siempre muy típicos e interesantes.

—¿Qué quiere decir con eso de un asesino? ¿Qué está diciendo? ¡Qué horrible idea!

—Horrible, ¿verdad?

Y el mayor Amery, sin dejar de sonreír, siguió escribiendo lentamente. Elsa miró el papel y pudo leer estas palabras: «¡Ese chófer mató a Maurice Tarn!».


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