El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa se quedó muy pálida y el mayor Amery, que acababa de repetir las palabras que había escrito, dijo:
—Al menos, ésa es mi opinión. Un hombre fornido, con barba y gafas de chófer. Pero la barba era postiza, aunque muy bien imitada. ¿Hasta dónde han ido ustedes?
Elsa se lo dijo, añadiendo luego:
—Hemos pasado por unas callejuelas horribles, en Islington, sobre todo una, donde había unos almacenes tétricos; por cierto, que el chófer ha estado a punto de meternos en el patio de uno de ellos, uno de esos patios enormes de las fábricas, y mister Tupperwill se ha alarmado. Teme que le asesinen.
—Pues mire, miss Marlowe, no anda muy desacertado el banquero. Si el chófer les llega a meter en el patio aquel, a estas horas mister Tupperwill estaría muerto, o sabe Dios…
—¿Qué dice, mister Amery? ¿Habla en serio?
—Claro que sí. ¿Y dice usted que no le ha visto la cara al chófer?
—No, sólo he visto que llevaba barba. Usted le conoce, por lo visto.
—Sí, es un tal Stillman, un hombre fornido, de anchos hombros. ¿Para qué la quería a usted mister Tupperwill?
