El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿El mayor Amery? ¿En nuestro garaje? Pero… ¡No le entiendo a usted!
—Ya veo que no está usted enterada. Yo creà que, efectivamente, no habÃa nadie.
—¿Dónde está miss Marlowe? —le preguntó luego Jessie.
—En el hospital de West London —contestó el detective.
—Pero ¿no está herida?
—No, no. Los médicos dicen que podrá salir hoy mismo, pero yo lo dudo. ¡Calle! ¡MÃrela! ¡Ya está aquÃ!
Era Elsa en efecto, que acababa de entrar en la oficina y se estaba quitando el abrigo y el sombrero, dispuesta a emprender su trabajo cotidiano.
—¿Cómo es posible? —dijo el detective, sin creer lo que veÃan sus ojos—. ¿Por qué la han dejado salir? Esta mañana, cuando la he visto, estaba usted más muerta que viva.
—He venido porque tenÃa que venir.
—Eso no es una razón. Bueno, ¿sabe usted que hemos investigado lo de su historia?
—SÃ. Usted mismo me lo ha dicho antes.