El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Claro! —dijo Elsa tras un leve silencio—, ¡La pobre Jessie teme a su padre! Por eso miente.
El detective se encogió de hombros, y luego preguntó:
—No ha venido el mayor Amery, ¿verdad? Su despacho está cerrado.
—Ni creo que venga —repuso Elsa—, Pero si quiere usted que entremos, yo tengo una llave.
—¡Ah, pues abra!
Elsa obedeció y entraron en el despacho del mayor. La habitación estaba tal y como Amery la habÃa dejado el dÃa anterior.
El detective señaló un librito que habÃa sobre la mesa, y preguntó:
—¿Qué es esa libreta?
—Es la del vigilante. Donde hace las anotaciones en las horas en que no estamos aquÃ. Ahà apunta las llamadas telefónicas, los telegramas y las cartas que llegan… ¡Ah! ¡Mire! ¡Mister Tupperwill estuvo aquà ayer, a las seis menos diez!
Estas últimas palabras las habÃa pronunciado Elsa mirando como al descuido la libreta del vigilante.
El detective se acercó y miró también, exclamando:
