El hombre siniestro

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51. Más angustias

—¡Claro! —dijo Elsa tras un leve silencio—, ¡La pobre Jessie teme a su padre! Por eso miente.

El detective se encogió de hombros, y luego preguntó:

—No ha venido el mayor Amery, ¿verdad? Su despacho está cerrado.

—Ni creo que venga —repuso Elsa—, Pero si quiere usted que entremos, yo tengo una llave.

—¡Ah, pues abra!

Elsa obedeció y entraron en el despacho del mayor. La habitación estaba tal y como Amery la había dejado el día anterior.

El detective señaló un librito que había sobre la mesa, y preguntó:

—¿Qué es esa libreta?

—Es la del vigilante. Donde hace las anotaciones en las horas en que no estamos aquí. Ahí apunta las llamadas telefónicas, los telegramas y las cartas que llegan… ¡Ah! ¡Mire! ¡Mister Tupperwill estuvo aquí ayer, a las seis menos diez!

Estas últimas palabras las había pronunciado Elsa mirando como al descuido la libreta del vigilante.

El detective se acercó y miró también, exclamando:


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