El hombre siniestro
El hombre siniestro Entonces. Bickerson cogió el abrigo y registró los bolsillos. No encontró nada, y ya lo iba a dejar donde estaba cuando observó que los puños de las mangas tenían manchas de sangre seca.
Cogió entonces un zapato y vio que también tenía manchas de sangre. ¿Qué era aquello?
Pero oyó que se acercaba el doctor y lo dejó todo, componiendo su aspecto.
—¡Buenos días, Bickerson! —dijo el doctor, sonriendo, al entrar—. ¿Qué hay?
—Buenos días, doctor. He venido a hacerle unas preguntas sobre mister Tupperwill. ¿Se ha enterado usted de que el Banco Stebbing ha quebrado?
—¡No, no lo sabía! ¿Cuándo ha sido? —dijo el doctor, muy tranquilo.
—Esta misma mañana. Mister Tupperwill ha huido. Usted le conocía bien, ¿no es así?
—Muy bien, sí.
—¿Y tiene usted idea de dónde puede estar?
—Ni la más mínima idea.
—¿Ni el mayor Amery tampoco?
—¿El mayor Amery? ¿Ha desaparecido también el mayor? Tampoco sé nada de él.
—Sí, ha desaparecido. Y ahora, dígame, ¿ha sufrido usted algún accidente esta noche?
—¿Lo dice usted por la sangre del abrigo? ¡No! Es que encontramos a un herido.