El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Ah! ¿Fue usted el que recogió al chino Feng Ho? —preguntó el detective, muy asombrado.
—En efecto. Yo fui uno de los que le recogieron.
—¡Ah! La policÃa de Hammersmith no me ha dicho nada.
—Sin duda, no repararon en mÃ. En realidad. Feng Ho y yo Ãbamos buscando al mayor Amery, que habÃa salido de Herbert Mansion con gran rapidez y su criado chino temÃa que hubiera sido secuestrado, junto a miss Marlowe. Por cierto, me he enterado con alegrÃa de que la pobre muchacha está sana y salva.
—¿Cómo lo sabe usted? —preguntó el detective con interés.
—He telefoneado esta mañana, porque habÃa leÃdo en los periódicos que se habÃa encontrado a una pobre muchacha en Kensington.
—¡Es extraño! Y dÃgame: ¿podrÃa decirme qué ha estado haciendo esta noche?
—Casi al minuto.
—¿A qué hora regresó usted a su casa?
—A la que le haya dicho a usted mi criado —respondió el doctor, sonriendo—. Muy tarde, desde luego. SerÃan más de las cuatro. Y en cuanto a mister Tupperwill, si es ése el objeto de su visita, no puedo informarle. Yo tenÃa una cuenta en su banco y habÃamos comido juntos una o dos veces; pero de su vida privada sé menos que usted.