El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡Ah, no seré yo el que te lo diga! Mira, aquà te dejo dinero —siguió diciendo Dame, mientras ponÃa un fajo de billetes sobre la mesa—; tú te irás a una pensión, y esperarás allà hasta que yo te llame. Si viene alguien y pregunta por mÃ, le dices que volveré esta noche, ¿entiendes? Y si dices a alguien que me he quitado el bigote, ¡te mato! ¿Lo oyes bien? Luego venderás los muebles y guardarás el dinero, y…

En ese momento llamaron a la puerta, y mister Dame se acercó a una ventana, apartó un poco el visillo, y retrocedió, aterrado, diciendo a su hija:
—¡Dos «amigos» de Scotland Yard! Bickerson y otro. ¡Estoy perdido! Mira, voy a esconderme en la cocina. Diles que no estoy.
Y huyó por el pasillo, al tiempo que volvÃan a llamar a la puerta.
Jessie, más muerta que viva, abrió, diciendo a los detectives cuando Bickerson preguntó por mister Dame:
—Papá no está. Ha salido.
—Ha salido, ¿eh? —repitió Bickerson, riendo y entrando en la casa, seguido de su compañero—. Vaya, vaya, miss Dame. ¡Ah!
Esta última exclamación la habÃa lanzado al descubrir el equipaje sobre la mesa. Entonces dijo al otro hombre: