El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa se le quedó mirando. Ahora veÃa a Hallam como a un enemigo, porque sabÃa que odiaba a Amery, y hasta aceptar este pequeño servicio de él le molestaba a la muchacha.
—Gracias —pudo decir al fin—. ¿Sabe usted lo del padre de Jessie?
—¿Lo de mister Dame? SÃ. Parece que estaba mezclado en un mal asunto, y se ha suicidado cuando iban a detenerle. Ya lo he leÃdo.
Echaron a andar, y Hallam preguntó de pronto:
—Elsa…, usted no tiene confianza en mÃ, ¿verdad? Me cree usted una mala persona, ¿no es asÃ?
—No —respondió la muchacha en tono ambiguo.
—SÃ, sÃ, ya lo sé. Pero, de todos modos, voy a pedirle a usted un favor ahora, si no le importa.
—¿Un favor? —preguntó Elsa, mirándole con desconfianza.
—SÃ, que venga a mi casa de la calle de la Media Luna, y me deje contarle toda la verdad sobre mi vida… y toda la verdad acerca del mayor Amery, que yo he sabido hace poco.
Elsa no contestó. ¡La verdad sobre Amery! La verdad era que Amery la querÃa, y esta verdad era para ella lo más dulce y más importante, ante la que palidecÃan y se ocultaban todas las demás.