El hombre siniestro
El hombre siniestro —¿Cuándo querrá Dios que cambies tus modales, hija mÃa? No, no vengo a pedirte el divorcio. Te agradezco que no quisieras divorciarte cuando yo lo intenté, porque habrÃa cometido la tonterÃa de volverme a casar. Tú eres como mi pararrayos. Lou. ¡No te divorcies nunca de mÃ!
—No, puedes estar tranquilo. Yo tampoco quisiera casarme de nuevo. ¡Gato escaldado…! Y ahora, dime. Ralph, ¿qué haces actualmente?
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
—SÃ, hombre. Sé que estás ganando mucho dinero. Me alegro, no creas. Me has aumentado la pensión, y has tenido la gentileza de comprarme la casa de campo que te pedÃ. Supongo que tanto dinero no te viene de la herencia de tu madre, ¿verdad? No te creo capaz de cometer una estafa, pero sé que, si llega el caso, eres un hombre capaz de todo. ¡Dime! ¿De dónde sacas el dinero?
Él sonrió con desdén y contestó:
—¡No te preocupes, Lou! Vengo a pedirte un favor. Supongo que reconoces que yo procuro hacerte la vida agradable, ¿no es eso?
Ella se encogió de hombros y respondió:
—SÃ, tal vez… Pero cuando empiezas a enumerar tus bondades, me pongo en guardia. ¿Qué cebo es este de hoy?