El hombre siniestro
El hombre siniestro —Eres muy desconfiada. Lou. Quiero que me digas algo. Hace unos años quisiste viajar y ver mundo, y yo te mandé a la India, ¿no fue as�
—En efecto. ¿Y qué?
—Verás. Sé que frecuentaste allà la mejor sociedad inglesa. Incluso trajiste un diamante soberbio, regalado por un rajá. ¡Bien! ¿No conociste, por casualidad, a un tal Amery, el mayor Paul Amery?
—¿Cómo? ¿Amery? ¡Claro que sÃ! Ahora lo recuerdo. Un señor muy callado, muy reservado. Paul Amery, ¿verdad? ¡Pues claro! Creo que pertenecÃa al Servicio Civil, ¿no?
—No sé. Pero si fuisteis amigos y se mostró tan cordial y amable contigo, quisiera que…
—¿Acaso está en Londres?
—SÃ.
—¡Ah! ¿Y qué quieres? ¿Le vas a jugar una mala pasada?
—¡Nada de eso, Lou! —dijo él en tono casi colérico.
—No te enfades, hombre —le atajó Louise—. Yo te apoyaré como buen marido que eres. Yo también quiero captarme tus simpatÃas, para que seas bueno conmigo. Ahora mismo necesito un coche nuevo, porque el que tengo ya es muy antiguo.