El hombre siniestro
El hombre siniestro —Bien, ya hablaremos de eso —la interrumpió Ralph—. Ahora quisiera rogarte que fueras a ver a ese señor, al mayor Amery. Creo que anda metido en asuntos… un tanto extraños. Y yo quisiera que me presentaras a él. Esto es una cosa.
—¿Y la otra? —preguntó vivamente Louise—. Porque te conozco bien, y sé que siempre dices primero la menos importante.
—¡No, no es nada! Es que la sobrina de mister Tarn parece que ha tenido algunas diferencias con su tÃo. ¡Mister Tarn, ya sabes! El viejo loco se quiere casar con su sobrina, y yo creo que harÃamos una obra de caridad si sacáramos a la pobre muchacha de allà unos dÃas. Por eso he venido también a verte; para rogarte que la invites a pasar aquà una temporada contigo, ¿comprendes? He pensado que podÃas fingir que eres mi cuñada.
Louise, que le escuchaba sonriente, le preguntó:
—¿Es bonita?
—SÃ, muy bonita.
—¡Ya! Desde luego, me figuro que esa chica creerá que eres el prÃncipe de sus sueños, ¿no? Bueno; ¿qué debo hacer yo cuando ella esté aquà y vengas tú? ¿Tengo que salir de compras, irme al campo…?
Y la mujer se echó a reÃr.
—¡No es cosa de risa! —dijo él, muy serio—, Cuando uno quiere reÃrse, se va al teatro.