El hombre siniestro
El hombre siniestro Intentó leer, pero el rostro odioso del «hombre siniestro» parecía bailar ante sus ojos, distrayéndola y aterrándola. Al fin cerró el libro con disgusto, al tiempo que se preguntaba qué haría Amery por las noches. Debía de ser socio de algún club. Creía haberle oído decir a Hallam que, en efecto, cierto día vio a Amery en un club. O iría al teatro. ¿Tenía amigos aquel hombre, tan extraño? La verdad es que Amery le inspiraba lástima, una lástima parecida a la que nos inspiran los presos.
Luego puso la radio, y estuvo escuchando fragmentos de Aída, radiada desde la Opera.
Ya se disponía a acostarse cuando oyó las pisadas de su tutor, que volvía, y el ruido de la puerta al cerrarse. Elsa rezó sus oraciones, apagó la luz y se dispuso a dormir.
De pronto, cuando estaba empezando a quedarse dormida, algo la despertó obligándola a sentarse en la cama, sobresaltada. La habitación estaba a obscuras. ¿Qué había ocurrido? Un ruido extraño la había despertado.
Permaneció inmóvil, aguzando el oído. y. de pronto, el ruido se reprodujo, más débil esta vez procedente de la ventana.