El hombre siniestro
El hombre siniestro Si los muebles de la habitación hubieran desaparecido de golpe de la vista de la muchacha, o Elgin Crescent se hubiese visto transportado de repente a las afueras de Bagdad la joven no se habrÃa sorprendido tanto. Pero Elgin Crescent seguÃa estando en Bayswater, y el pequeño y triste comedor de la casa de Maurice Tarn permanecÃa quieto y sereno; y el mismo Maurice Tarn estaba allà sentado al otro lado de la mesa; era un hombre sucio, desastrado, de aspecto repulsivo e inquietante, ajado, de cincuenta y seis años, y cuya mano temblorosa, con la que se atusaba el bigote gris, era un dato elocuente de su borrachera de la noche anterior (habÃa tres botellas vacÃas en la mesa de su despacho cuando ella entró allà esa mañana) y le estaba proponiendo que se casara con él.
Elsa le miraba con los ojos muy abiertos, y no querÃa dar crédito a lo que estaba oyendo.
—Usted creerá que estoy loco —continuó al cabo de un instante mister Tara—, pero he pensado mucho en ello, Elsa. Yo sé que usted no tiene novio ni está enamorada de nadie; y, a no ser por la diferencia de edad, nada puede oponerse a nuestra boda.
—¡Pero… pero mister Tara! —pudo decir al fin la muchacha, casi jadeando—, yo jamás he pensado… ¡Naturalmente, eso es imposible!
