El hombre siniestro
El hombre siniestro Elsa se preguntó si estarÃa borracho, como de costumbre. Por lo demás, en quince años de convivencia con mister Tara, Elsa se habÃa acostumbrado a verle siempre beodo, y ya casi no le producÃa ninguna impresión. De no haberle sorprendido tanto su proposición, la joven se hubiera echado a reÃr.
—No. Mister Tara —siguió diciendo Elsa—, yo no quiero casarme con usted ni con nadie. Comprendo que es una gran amabilidad de su parte, y que me honra, desde luego, pero me parecerÃa muy ridÃculo.
Mister Tara, que miraba a la muchacha con ojos cansados y muy fijamente, no parpadeó siquiera al oÃr aquellas palabras.
—Bien —dijo luego Tara, en otro tono—, yo voy a marcharme, a causa de mi salud. Además, desde que el mayor Amery ha entrado en la empresa, es imposible que yo siga en ella.
—¿Y sabe Ralph que se marcha usted? —preguntó Elsa, empezando a recuperarse de su sorpresa.
—¡No! —contestó Tara, casi a gritos—. Al menos, no debe saberlo, ¿comprende Usted, Elsa? Y le ruego que no le diga nada. Bajo ninguna circunstancia debe Ralph saberlo. Yo se lo he dicho a usted confidencialmente, ¿eh? Piense en lo que le he propuesto amiga mÃa.
