El hombre siniestro
El hombre siniestro ¡Un puñal! ¿Quién lo había dejado allí?
La muchacha abrió del todo la ventana y miró hacia abajo.
Entonces pudo ver que alguien había dejado una escalera de albañil apoyada en la pared. La escalera terminaba a dos palmos de su ventana.
¡Ya estaba todo explicado!
De pronto, algo le hizo fruncir el ceño: al mirar hacia abajo pudo distinguir una sombra furtiva que intentaba escapar. La luna iluminó de lleno el rostro del que huía, y entonces Elsa Marlowe reconoció al chino Feng Ho.
¡Feng Ho!
La muchacha sintió deseos de gritar, de pedir socorro, pero estaba tan aterrada que no pudo. Entró, cerró la ventana y encendió la luz. Consultó el reloj. Eran las tres y media. ¡Y ella que creía que no había llegado a dormirse!
Pensó lo que debía hacer. ¡Todo menos llamar a mister Tarn! Al fin optó por ponerse una bata y las zapatillas, bajó al comedor y se preparó una taza de té.
Se lo estaba tomando, después de comprobar que todas las ventanas seguían atrancadas cuando se le ocurrió una idea salvadora. ¡Llamar por teléfono a mister Amery! ¿Por qué no?
