El hombre siniestro

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Miss Dame, que acababa de llegar, se unió a la conversación, y durante largo rato no se trabajó en la oficina. Luego, el chino estuvo observando a Elsa escribir su correspondencia durante más de una hora, sin pronunciar palabra.

Cuando Elsa llegó aquella mañana a la oficina, había encontrado una carta de mistress Trene Hallam. Al abrirla sonrió, viendo que estaba escrita con una letra pésima y malísima ortografía también. La carta, que era muy breve, ocupaba, no obstante, casi dos páginas, y decía así:

«La espero esta noche, a las siete. Tendré la cena preparada, y le prometo que cada mañana la acompañaré a la oficina».

Luego, en una postdata, añadía aún:

«Le ruego encarecidamente que no diga a mister Amery que va a pasar unos días conmigo. Podría pensar que yo tengo algún motivo o interés especial en ello».

La postdata la molestó mucho, ante la idea de que mistress Hallam pudiera pensar que ella hablaba con mister Amery o con cualquiera de sus asuntos particulares.

Al regresar a su casa y pasar ante la puerta de la habitación de Maurice, el viejo la llamó.

—Cierre usted la puerta —dijo mister Tarn—. He ido a ver a mi abogado para consultarle cierto asunto, y, de paso, he hecho testamento.


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