El hombre siniestro
El hombre siniestro La muchacha se sorprendió mucho al oÃr esta noticia, pues nunca habÃa pensado que «su tÃo» fuera un hombre rico ni dispusiera de bienes para tener que hacer testamento.
—Es un hombre muy hábil ese Nigitts —comentó el avaro—, y que conoce muy bien nuestras leyes, sobre todo, las criminales. Me ha dicho que por ciertos delitos, nuestros Códigos condenan a dos años de prisión, y que incluso esta pena puede reducirse mucho si el acusado hace una confesión voluntaria.
Elsa le miró con asombro, sin entenderle en absoluto, y por unos instantes llegó a pensar si estaba borracho; pero ella sabÃa por experiencia que el avaro estaba sereno. ¿De qué diablos le hablaba, entonces?
—Sà —continuó Maurice al cabo de un momento—, he ido a ver a mi abogado para consultarle varias cosas. Por supuesto, hay mucha más gente implicada en… en… este asunto. Pero yo, que he pensado mucho en ello, he decidido dejarle a usted un poco de dinero. Creo que se alegrará de la noticia —añadió, intentando sonreÃr—. Supongo que le gustarÃa ser rica, ¿verdad, Elsa?
—¡Oh, a todo el mundo le gustarÃa ser rico! —contestó la muchacha, encogiéndose de hombros.