El hombre siniestro
El hombre siniestro —Sà bueno, pero usted habrá soñado muchas veces con ser muy rica y dichosa, como las muchachas que aparecen en las novelas, ¿verdad? A propósito —preguntó, cambiando de tono súbitamente—, ¿qué ha hecho esta mañana mister Amery?
—Lo de siempre: trabajar —respondió Elsa con brevedad.
—¿Nada más?
—Nada más.
—¡Ya! Es que la verdad, me gustarÃa ver las copias de su correspondencia de hoy, Elsa. ¿Dónde guarda usted las copias?
—El mayor Amery las guarda siempre en su caja fuerte.
El viejo sonrió de un modo ambiguo, y dijo, como queriendo quitar importancia a sus palabras:
—DeberÃa usted poner otro papel carbón en las cartas, porque asÃ…
Pero Elsa le interrumpió, adivinando lo que estaba pensando:
—Yo no haré nunca eso mister Tarn; no podrÃa hacerlo, y usted lo sabe. SerÃa indigno, vergonzoso… y yo preferirÃa dejar la Casa Amery antes que hacer semejante cosa.
El viejo sonrió con malicia, y preguntó:
—¿No será que usted ama a mister Amery?