El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Se produjo un silencio trágico. Soyoka era el espectro que atormentaba a todos aquellos hombres, el terror de lo desconocido. Para estos burgueses honrados, Soyoka representaba el supremo peligro. Eran comerciantes y hombres de negocios sin escrúpulos, pero que querían aparecer intachables ante los ojos de todo el mundo. Comerciaban con terribles venenos, pero que les producían enormes beneficios.

—¿Soyoka? —preguntó alguien al fin.

Jarvie exclamó, con aire pensativo:

—¡Es que también hay sitio en Inglaterra para Soyoka!

—Eso mismo pienso yo —dijo Hallam—; pero él tiene otra opinión. Y ahora voy a decirles a ustedes algo muy importante, amigos míos, el viejo Tarn cree que su jefe es, o el propio Soyoka, o uno de los altos cargos de la banda de Soyoka…

—¿Su jefe? ¿Quién es el jefe de Tarn? —preguntó Jarvie.

—El mayor Amery —respondió el doctor.

—¿Cómo? ¿Quiere usted decir Paul Amery?

—¡Ah!, ¿le conoce usted, por lo visto?

—Sí, creo que sí. ¿No es ese Amery el que estuvo en el Servicio Civil de la India?

¿El que dio el terrible escándalo de Shanghai?

Todos, y Ralph el primero, mostraron un gran interés, y Hallam pidió:


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