El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Inmediatamente, la atmósfera del comedor cambió. Y Ralph, sin preámbulo alguno, dijo:

—Bien, señores, hay tres nuevas consignaciones: la más importante a Londres; la que le sigue en importancia, a Hull.

—¿Con o sin conocimiento de la Aduana? —preguntó alguien.

—¡Sin conocimiento de la Aduana, naturalmente! —contestó Hallam—, Jarvie: usted hará la distribución. Una de ellas viene consignada a Stanford, en Birmingham; la otra llegó ayer a Avonmouth, de paso para Filadelfia.

—¿Y qué se sabe acerca de ese griego que fue detenido en Cleveland? —preguntó Jarvie entre la expectación general.

—¡No se preocupen ustedes! —respondió Hallam—, Igual que esa historia de ese rico comerciante de la City perseguido por la policía, es un cuento chino. ¡Cosas de la policía americana! En cuanto a Bickerson…

—¿No se ha intentado sobornar a Bickerson? —preguntó otra voz—. Yo creo que con dos o trescientos…

Hallam extendió la mano derecha y contestó:

—No tenemos que preocuparnos por Bickerson; el único hombre que debe inquietarnos es el viejo Tarn… que está medio muerto. Tarn… y Soyoka.


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