El hombre siniestro
El hombre siniestro La joven había mantenido siempre hacia su tutor una actitud de paciencia filosófica. La pobre chica había crecido y vivido siempre en medio de privaciones y miserias. El hombre tenía una saneada renta, y ella había descubierto que guardaba fuertes sumas en el banco. Pero Tara era miserable y tacaño por naturaleza. La joven le debía algo, en realidad, pero no gran cosa: una instrucción recibida en la escuela más barata que Maurice pudo encontrar; una pequeña pensión mensual para que se vistiera, entregada siempre de mal humor y a regañadientes; unas cortas vacaciones cada año en Clacton; y la mecanografía y la taquigrafía que había aprendido para llegar a ser la secretaria del viejo Amery. Además, Maurice daba a la muchacha lo que él se complacía en llamar en tono pomposo «una casa».
Elsa se había admirado a menudo de que este hombre, tan avaro y mezquino, la hubiese adoptado a ella, que tan sólo era la huérfana de un primo lejano; pero luego supo que Maurice odiaba la soledad, y un día le explicó que «había preferido tener un niño en casa a tener un perro».
De pronto, le oyó preguntar:
—¿Hay alguna noticia interesante en el periódico?
Desde hacía muchos años. Tara no leía jamás los periódicos, y la muchacha estaba encargada de esta misión.