El hombre siniestro

El hombre siniestro

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Pasaron por Newgate Street, luego por Old Bailey, y el doctor se detuvo un momento a admirar la imponente fachada de la Audiencia, que le recordaba el lugar donde estuvo la vieja prisión de Newgate.

Elsa que se había detenido también, exclamó con disgusto:

—¡Vámonos! La vista de la Audiencia me entristece, como la de las cárceles. ¡Me hace estremecer!

—También le hará estremecer a mister Tarn, amiga mía —repuso el doctor, con una sutil sonrisa irónica, mientras ambos reanudaban el paso.

Entonces Elsa muy intrigada, le preguntó:

—¿Qué pasa con mister Tarn, Ralph? ¡Dígame usted! Ha hecho algo, ¿verdad? Usted lo sabe. ¡Dígamelo!

Pero el doctor hizo un gesto evasivo, y en lugar de contestar a su pregunta, dijo:

—Esta noche va usted a casa de Louise, ¿verdad? Se lo prometió usted ayer. ¿Lo sabe ya su «tío»?

—Sí, vamos, yo se lo he dicho esta tarde, pero temo que no me haya entendido.

—¿Y por qué tiene usted que decirle nada? Mire, Elsa, Tarn y yo estamos un poco disgustados, por motivos particulares, y estoy seguro de que si se lo dice usted, le pondrá inconvenientes.

—¿Y qué he de decirle entonces? ¡No voy a mentirle!


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