El hombre siniestro
El hombre siniestro —DÃgale usted que se va a pasar una semana con una amiga —propuso el doctor—. Yo le conozco, y sé que no le preguntará de quién se trata.
Esto, aunque a regañadientes, pareció convencer a la muchacha, que asintió en silencio.
—Yo mismo la ayudaré —dijo alegremente el doctor—. Mire, entraré con usted y los dos hablaremos con el viejo.
Pero mister Tarn no habÃa regresado todavÃa.
La joven dejó a Ralph en el comedor, mientras ella subÃa a su dormitorio a hacer la maleta. Sin saber por qué la idea de ir a casa de Trene Hallam la disgustaba; luego se encogió de hombros, pensando que quizá allà lo pasarÃa bien y conocerÃa gente, haciéndose buena amiga de la cuñada del doctor.
Se alegraba de marcharse, porque el instinto parecÃa decirle que mister Tarn estaba próximo a sufrir una grave crisis.
De pronto, mientras hacÃa la maleta, la asaltó una idea absurda: ¿cómo le sentarÃa al mayor Amery la novedad?
Luego, sonrió, encogiéndose de hombros otra vez y bajó al comedor.
—¿Qué hace su tÃo por las noches? —le preguntó el doctor, sonriendo al verla entrar—. Bebe mucho, ¿no?
Elsa suspiró con aire triste y asintió.