El hombre siniestro
El hombre siniestro —¡No cambia de costumbres!
—¡Ya! Yo podrÃa decirle al dedillo todo lo que hace. Acaba de cenar a las ocho y media; entra en su despacho un cuarto de hora, y luego se dedica a beber, ¿no es asÃ?
Elsa volvió a asentir, y dijo, exhalando un suspiro:
—De todos modos, mister Maurice no era asà antes. Sólo hace unos años que se emborracha.
—Ya lo sé. Me alegraré de que se vaya a América ese viejo demonio.
—¿Conmigo? —preguntó la muchacha sonriendo.
—Sin usted, desde luego —respondió al instante Hallam—. No le dejarÃa llevársela.
Al dar las ocho, y viendo que mister Tarn no volvÃa, el doctor se dispuso a marcharse al instante, tras intentar convencer a Elsa de que le dejara acompañarla a la casa de mistress Hallam.
La muchacha no lo consintió.
—¡No, amigo mÃo! Yo no puedo marcharme sin despedirme de mi tutor, enviándole luego un mensaje. ¡SerÃa una mala acción! Tengo que verle y hablarle.
—¡Noble muchacha! —sonrió él.