EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Los domésticos, sin percatarse de la singularidad de esta orden, y movidos por el afecto hacia su ama, creyeron entender que el encargo se refería a ella, y corrieron a asistirla. La condujeron a su aposento más muerta que viva e indiferente a todas las extrañas circunstancias que había oído, salvo a la muerte de su hijo. Matilda, que prodigaba sus cuidados a Hippolita, sobreponiéndose a su dolor y a su asombro, no pensaba sino en auxiliar y confortar a su afligida madre. Isabella, a quien Hippolita había tratado como a una hija, y que correspondía a su ternura con igual cariño y afecto, no se ocupaba menos de la princesa. Al mismo tiempo, se esforzaba en compartir y aliviar el peso de la tristeza de Matilda, pues se daba cuenta de que trataba de disimular. Había concebido hacia ella la simpatía y la amistad más cálidas. Pero no dejaba de pensar en su propia situación. No le preocupaba la muerte del joven Conrado, aunque lo compadecía, y no lamentaba liberarse de un matrimonio que le prometía escasa felicidad, tanto por el consorte que se le destinaba como por el temperamento severo de Manfredo el cual, si bien la había distinguido con un trato bondadoso, la aterrorizaba a causa de su crueldad hacia unas princesas tan afables como Hippolita y Matilda.