EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Mientras las damas conducían a su lecho a la desdichada madre, Manfredo permaneció en el patio, contemplando el amenazador yelmo, sin reparar en la multitud que el insólito suceso había congregado en torno a él. Las escasas palabras que articulaba se limitaban a preguntas acerca de si alguien sabía de dónde procedía aquello. Nadie pudo darle la mínima información. Sin embargo, como el fenómeno parecía ser el único objeto de su curiosidad, el resto de los espectadores no tardó en compartir dicha curiosidad, y sus conjeturas resultaron tan absurdas e improbables como falta de precedentes de la catástrofe. En medio de estas conjeturas desprovistas de sentido, un joven campesino, al que el rumor había atraído desde una aldea próxima, observó que el milagroso yelmo era exactamente igual que el que aparecía en la estatua de mármol negro de Alfonso el Bueno, uno de sus antiguos príncipes, que se conservaba en la iglesia de San Nicolás.
—¡Villano! ¿Qué dices? —exclamó Manfredo saliendo de su trance con una tempestad de ira, y agarrando al joven por el pescuezo—. ¿Cómo te atreves a proferir esa deslealtad? Pagarás por ello con tu vida.