EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Los espectadores, que comprendían tan poco la causa de la furia principesca como el resto de cuanto habían visto, no sabían cómo interpretar esta nueva circunstancia. El propio joven campesino no estaba menos atónito, sin entender en qué había ofendido al príncipe; así que, tranquilizándose, con una mezcla de gracia y humildad se zafó del puño de Manfredo, y con una inclinación que revelaba más empeño por demostrar su inocencia que contrariedad, preguntó respetuosamente de qué era culpable. Manfredo, más airado a causa del vigor, aunque manifestado con mesura, con que el joven se había sacudido su presa, que apaciguado por su sumisión, ordenó a sus sirvientes que lo arrestaran, y de no haberlo sujetado sus amigos invitados a la boda, hubiera apuñalado al campesino con su propia mano.
Durante este altercado, algunos espectadores pertenecientes al pueblo llano corrieron a la gran iglesia que se alzaba cerca del castillo, y regresaron boquiabiertos, declarando que el yelmo había desaparecido de la estatua de Alfonso. Ante estas noticias, Manfredo se puso absolutamente frenético, y como si buscara un súbdito sobre el que descargar la tempestad desatada en su interior, se lanzó de nuevo sobre el joven campesino gritando:
—¡Villano! ¡Monstruo! ¡Hechicero! ¡Eres tú quien ha matado a mi hijo!