EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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La multitud, que buscaba algún objeto dentro del alcance de su comprensión sobre el que descargar sus disparatados razonamientos, hizo suyas las palabras salidas de la boca de su señor y las repitió como un eco: «Ay, ay, ha sido él, ha sido él: ha robado el yelmo de la tumba del buen Alfonso y con él le ha roto la cabeza a nuestro joven príncipe», sin percatarse de la enorme desproporción entre el yelmo de mármol que estaba en la iglesia y el de acero que se hallaba ante sus ojos; ni de que al joven, que parecía tener menos de veinte años, le hubiera resultado imposible cargar con una pieza de armadura de tantísimo peso.

Lo absurdo de aquellas exclamaciones hizo que Manfredo volviera en sí, pero bien fuese porque el campesino hubiera observado el parecido entre los dos yelmos, lo que condujo al posterior descubrimiento de la ausencia del que debía estar en la iglesia, o bien deseando cortar de raíz cualquier nuevo rumor sobre tan impertinente suposición, manifestó en tono grave que el joven era sin duda un nigromante, y que en tanto la Iglesia pudiera conocer del caso, mantendría al mago, al que todos habían identificado como tal, prisionero bajo el mismo yelmo.

Mandó a sus ayudantes levantarlo e introducir allí al joven, y declaró que debía mantenérsele sin alimento, pues ya se lo procuraría él con sus artes infernales.


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