EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto En vano el joven protestó contra tan extravagante sentencia, y en vano se esforzaron los amigos de Manfredo en disuadirle de su salvaje y arbitraria resolución. Pero la mayoría se mostró encantada con la decisión de su señor, ya que, dadas sus aprensiones, aquélla presentaba grandes apariencias de justicia.
El mago debía ser castigado con el mismo instrumento con el que había delinquido. Tampoco le inspiraba el menor remordimiento la probabilidad de que el joven pereciera de hambre, pues creía firmemente que recurriendo a sus diabólicas habilidades podría nutrirse con facilidad.
Manfredo vio entonces que sus mandatos eran obedecidos incluso con alegría, y colocando a un guardia con órdenes estrictas de evitar que se llevara al prisionero alimento alguno, despidió a sus amigos y ayudantes y, después de cerradas las puertas del castillo, se retiró a sus aposentos, donde no permitió permanecer a nadie salvo a sus domésticos.