EL Castillo de Otranto
EL Castillo de Otranto Mientras tanto, el cuidado y celo de las jóvenes damas había devuelto a su ser a la princesa Hippolita, quien en medio de los transportes de su tristeza, con frecuencia solicitaba nuevas de su señor. La princesa despachó a sus sirvientes para que le atendieran, y por último persuadió a Matilda para que la dejara y acudiera junto a su padre a fin de animarlo. Matilda, que no dejaba de profesar afecto a Manfredo, aunque temblaba ante su severidad, obedeció las órdenes de Hippolita, a quien tiernamente puso en manos de Isabella. Preguntó a los criados por su padre, y le informaron de que se había retirado a su aposento, y mandado que nadie fuera admitido junto a él. Matilda concluyó que estaba sumido en la tristeza por la pérdida de su hijo, y temiendo renovar sus lágrimas ante la visión del único vástago que le quedaba, dudó si inmiscuirse en su aflicción. Pero su solicitud hacia él, respaldada por el mandato de su madre, la animó a aventurarse a desobedecer las órdenes paternas: una falta en la que nunca había incurrido hasta entonces. La gentil timidez de su naturaleza la indujo a detenerse unos minutos ante la puerta. Lo oyó ir y venir por el aposento con pasos desiguales, lo que revelaba un estado de ánimo que acrecentó sus aprensiones. Se disponía a pedir permiso para entrar cuando, de repente, Manfredo abrió la puerta. Anochecía, y esta circunstancia, unida al desorden de su mente, le impidió distinguir a la persona que tenía ante sí, por lo que preguntó airadamente quién era. Matilda respondió, temblando: