EL Castillo de Otranto

EL Castillo de Otranto

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—Querido padre, soy yo, vuestra hija.

Manfredo se apresuró a retroceder y gritó:

—¡Vete, yo no quiero una hija!

Y volviéndose bruscamente, dio un portazo ante la aterrorizada Matilda.

Estaba demasiado acostumbrada a la impetuosidad de su padre como para atreverse a una segunda intrusión. Cuando se hubo recuperado un poco del efecto de tan amargo recibimiento, se secó las lágrimas, a fin de evitar que su visión infiriese una puñalada adicional a Hippolita. La cual le preguntó en los términos más ansiosos sobre la salud de Manfredo, y sobre cómo soportaba la pérdida. Matilda le aseguró que estaba bien y que sobrellevaba su infortunio con viril fortaleza.

—Pero ¿no me dejará verlo? —preguntó Hippolita tristemente—. ¿No me permitirá mezclar mis lágrimas con las suyas y que las penas de una madre se derramen sobre el pecho de su señor? ¿O me engañas, Matilda? Sé cuánto amaba Manfredo a su hijo: ¿no será el golpe demasiado fuerte para él? ¿No le ha hundido? No me respondes. ¡Ah, me temo lo peor! Levantadme, mis doncellas: quiero, quiero ver a mi señor. Llevadme junto a él al instante, pues me es más querido que mis propios hijos.


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